Hacer un viaje preparatorio por el mundo (principalmente por Europa) era parte de una especie de currículo obligatorio para los sucesores al trono ruso. Algunos, como fue el caso del emperador Alejandro II, incluso emprendieron periplos por las tierras siberianas en un tiempo, cuando los ferrocarriles no surcaban aquellas vastas y remotas tierras.
Sin embargo, el caso de Nicolás II era un poco distinto por una peculiar razón: en aquel viaje iniciado en otoño de 1890 Europa solo sirvió de puente para zarpar a bordo del crucero acorazado 'Memoria de Azov' hacia las desconocidas latitudes de Asia para proclamar a los cuatro vientos los intereses del Imperio ruso en la región del Indo-Pacífico. Durante la navegación, la comitiva de Nicolás II, acompañado por el príncipe Jorge de Grecia, entre otras figuras de alto rango, echó anclas en Egipto, la India, Tailandia, Singapur, isla de Java y algunos puertos de China para finalmente parar en Japón. Fue allí, donde la historia rusa podría haber tomado un rumbo diferente. El futuro monarca fue atacado por un policía, por el que debería vigilar por la tranquilidad de su visita. En aquel entonces el último zar ruso tuvo suerte. Pero, como se descubrió apenas dos décadas después, el tiempo corría en su contra.

De la oscuridad a la apertura
¿Cómo era el Japón de ese entonces? Un país que durante siglos permaneció cerrado a cal y canto para prácticamente todo el mundo en el que solo unos intrusos lograron infiltrarse, dejando escasas reseñas. Sin embargo, el país que visitaba Nikolái Aleksándrovich Románov ya era diferente. Bajo el reinado del emperador Meiji, quien gobernó entre 1868 y 1912, la nación asiática empezó a salir de la oscuridad histórica, abriéndose poco a poco al mundo.
Ya que no es una cancha de fútbol, preferimos dejar aparte las simulaciones. Japón, más aún durante su etapa histórica crucial, sigue siendo una incógnita para el que escribe estas líneas. Por tanto, dejamos espacio a los que sí conocen el país para que nos demos una idea de lo que era vivir en el país del sol naciente en aquellos tiempos. "Después de que en 1867 Meiji ocupara el lugar de su padre, sus súbditos pudieron verlo: en las calles y plazas, en los desfiles y maniobras militares, en las estaciones de tren y en las exposiciones de logros de la economía nacional japonesa, en el teatro, en el hipódromo, en el circo… Y él también vio a sus numerosos súbditos. Fue el primero de los emperadores japoneses que pudo comprobar con sus propios ojos que realmente existían", escribe el especialista en este ámbito Aleksandr Mesheriakov en su libro 'Meiji y su Japón'.

En paralelo, el emperador Meiji hizo valer rotundamente la restitución íntegra de su autoridad suprema: desde entonces, ya no habría de compartirla con los sogunes, aquellos caudillos de estirpe guerrera que, en la práctica, habían regido los designios de Japón durante generaciones. Se inauguraba así una época de mudanzas profundas, y uno de los emblemas más elocuentes de aquel nuevo rumbo era la voluntad del soberano de abrir las fronteras del archipiélago a los forasteros. Durante largo tiempo, el país no solo había rehuido todo trato con ellos, sino que los miraba con un recelo casi atávico. Tan solo los holandeses conseguían burlar aquel aislamiento —era forzoso mantener algún hilo de comercio con Europa—, en tanto que el cristianismo seguía siendo para los japoneses una noción indisolublemente ligada a la violencia y la sumisión. Meiji anhelaba trastocar aquella realidad, y en buena medida logró imprimirle un giro; sin embargo, en el imaginario colectivo, la figura del extranjero continuó mucho tiempo teñida de desconfianza, cuando no de abierta hostilidad. Obviamente, este curso reformista desembocó en el nacimiento de una contracorriente de descontentos con la 'westernización' del país. Un factor a tomar en cuenta en nuestra historia.
El amparo celestial de la corona rusa
Desentrañado el contexto, nos sumergimos en los hechos. Para unos japoneses poco habituados a semejantes visitas, la inminente llegada del sucesor al trono ruso se había convertido en un objeto de ansiosa espera. Aparte del rico programa oficial, Nicolás II disfrutó plenamente de lo que escondía el pasatiempo nipón, lo que quedó bien documentado. El hecho que nos interesa hoy ocurrió el 11 de mayo en la occidental ciudad de Otsu, conocida por sus pintorescos paisajes.

El futuro monarca ruso, que ya debería haber palpado pizcas del espíritu japonés, esperaba un viaje de ocio en 'rickshaws' sin contratiempos. Y no tenía razón para pensar en que sería un día casi aciago: los japoneses le hicieron todo tipo de suntuosas dádivas, recibiendo al zarévich ruso prácticamente con los brazos abiertos. Sin embargo, las numerosas multitudes y los infinitos regalos se esfumaron, cuando un policía llamado Tsuda Sandzo propinó a Nikolái Aleksándrovich un sablazo en la cabeza. Un ataque con sable a quemarropa. ¿Parece mortal? En muchos casos, sí, pero esta vez el amparo celestial de la corona rusa sacó de la manga el bombín que llevaba puesto el heredero. Luego, el príncipe Jorge de Grecia saltó del carruaje y descargó un bastonazo sobre el policía agresor que, no obstante, alcanzó a asestar un segundo golpe, pero igual rasante. Segundos después, los 'rickshaws' apresaron al agresor. Un reportaje escrito tras la travesía del heredero resucitaba así aquella escena: "La calle era estrecha, de unos ocho pasos de ancho, y el cortejo, compuesto por cincuenta 'rickshaws', se extendía en una hilera continua, avanzando al trote entre dos filas de policías apostados a ambos lados, a una distancia de ocho a diez pasos uno de otro, a lo largo de todo el trayecto. El malhechor, Tsuda Sanzo, se mantenía entre aquellos guardianes del orden encargados de velar por la seguridad del impecable huésped de Japón. Ya por la mañana había estado en ese mismo lugar, pero había dejado pasar de largo a quien probablemente era su víctima señalada sin dar, como más tarde se supo, la menor muestra de intención criminal alguna. Tan pronto como el 'rickshaw' de su alteza imperial lo rebasó, saltó de entre las filas y, desenvainando el sable, asestó un golpe por la derecha, con todo el ímpetu y empuñando el arma con ambas manos, sobre la cabeza del heredero. Este, volviéndose y viendo que el criminal se disponía a descargar un segundo golpe, saltó del cochecillo hacia el lado izquierdo de la calle. En ese mismo instante, el príncipe Jorge se bajó de su 'rickshaw' de un salto y golpeó por la espalda al agresor en la cabeza con su bastoncillo de bambú, mientras que el conductor principal del heredero, con una serenidad y un valor poco comunes, se arrojó a los pies del policía, lo agarró por las piernas y lo derribó al suelo. El conductor del 'rickshaw' de Jorge, acudiendo de inmediato, al ver que el criminal había soltado el sable al caer, lo recogió y, con dos golpes en el cuello y la espalda, lo dejó casi sin sentido. Todo lo referido no duró más de quince o veinte segundos, de modo que los policías, que acudían precipitadamente de todas partes, apenas lograron apoderarse del agresor cuando este yacía ya en tierra".
Algunos de los que describen el viaje del heredero ruso a Japón hacen especial énfasis en el hecho de que el atacante, Tsuda Sanzo, años atrás participó en la represión del estallido antigubernamental encabezado por Saigo Takamori, un estadista y samurái que primero abrazó las reformas de Meiji, pero acabó chocando con el emperador por la occidentalización del país. Como en cualquier rincón del mundo, la opinión popular casi daba por hecho que Takamori se salvó milagrosamente. Este hecho, junto con los remordimientos de conciencia por la represión del movimiento conservador, así como las dudas hacia el zarévich ruso, hicieron que Sanzo, permaneciendo en un estado psicológico inestable, no encontrara mejor manera de recibir al futuro monarca ruso que intentar asesinarle. Fracasó.
Del 'shock' a paliar la herida
Lo primero que dijo Nikolái Aleksándrovich, según la crónica, fue lo siguiente: "No es nada, solo deseo que los japoneses no piensen que este incidente pueda alterar en modo alguno mis sentimientos hacia ellos, ni la gratitud que profeso por su hospitalidad". Las heridas resultaron ser leves y no requirieron vendajes sofisticados ni intervenciones quirúrgicas. El bombín, así como la torpeza del malogrado asesino, junto con su sable de mala calidad (en caso de una katana todo podría haber sido peor) formaron un inexplicable dúo, salvando la vida al futuro emperador ruso. A lo largo de los días siguientes, el heredero se recuperaba del incidente, pero esto no era lo principal. La clave fue el 'shock' que desencadenó el intento de magnicidio en Japón, por lo que la lluvia de regalos y visitas se convirtió en un monzón con alta probabilidad de desbordar las capacidades de carga de los buques rusos que estaban anclados en el puerto. Más aún, el propio emperador Meiji se arrancó de cuajo de Tokio para ir a ver al huésped ruso. Era algo inédito: el monarca japonés se dirigía a los aposentos del futuro soberano ruso. Pero no fue recibido por el heredero, ya que este, según sus sirvientes, estaba descansando.

Meiji, que prometió que seguiría en Kioto hasta la total recuperación de Nicolás II, tuvo que esperar hasta la mañana siguiente para reunirse con el herido. Pero esto no fue todo. Pronto se decidió enviar al zarévich de vuelta a bordo del buque. Por su parte, el emperador japonés se encargó del traslado de sus visitantes hasta el muelle y envió un telegrama al zar ruso Alejandro III que decía:
"El futuro no puede preverse. Me ha conmocionado saber que se ha cometido un atropello ruin y que su alteza imperial ha resultado herido. Inmediatamente envié médicos y tomé medidas para el tratamiento de su alteza, y estoy a punto de dirigirme personalmente al palacio para informarme sobre su estado y brindarle el alivio que pueda. Afortunadamente, la herida es leve y el estado de su alteza es excelente, pero me duele en el corazón tener que transmitir a su majestad una noticia tan infausta, y debo simpatizar profundamente con la consternación y el dolor que esta noticia debe causar a su majestad. Las palabras no alcanzan para expresar el pesar que siento. Mantendré a su majestad puntualmente informado sobre el estado de su alteza".

Mientras, al enterarse del intento de magnicidio de su hijo, el zar Alejandro III ordenó a la comitiva volver a Rusia. A Nicolás solo le quedaban unos días para fotografiar con sus ojos las costas japonesas. Aparte de ello, la delegación rusa decidió apuntar una nueva victoria diplomática: dijeron que los médicos se oponían a que el heredero desembarcara, por lo que invitaron al emperador de Japón a subir al buque militar. Meiji no tuvo otra opción que aceptar la invitación y el día 19 de mayo pisó lo que formalmente era el territorio soberano ruso, algo sin parangón para un imperio que durante siglos permaneció bajo una cortina de humo para el mundo entero.
Entre pena de muerte y la letra chica de la ley
La lluvia de regalos, miles de mensajes de disculpas no pudieron alargar la acortada visita del heredero ruso. Partió rumbo a Vladivostok. Pero, ¿qué pasó con el atacante? Se convirtió en una verdadera vergüenza para el país: en un pueblito incluso prohibieron a los locales usar los nombres Tsuda o Sanzo.
El proceso en contra de Tsuda fue sumario, pero al contrario de lo que algunos podrían pensar, el atacante no fue condenado a muerte y acribillado en las checas japonesas. Sí, el juicio tuvo lugar apenas unas dos semanas después de lo ocurrido, y algunos dentro de la jerarquía del poder local querían deshacerse del asunto lo más rápido posible: es decir, eliminar al agresor y presentarlo como fallecimiento a causa de una enfermedad. Pero ganó la cuadrilla de los que apostaban por cumplir con la ley. ¿Qué decía? Y es que había cabos sueltos. El código penal japonés decía claramente que "toda persona que cause o intente causar lesiones al emperador, a la emperatriz, a la emperatriz viuda o al príncipe imperial será castigada con la pena de muerte". No obstante, el jefe del Tribunal Supremo, Kojima Korekata, señalaba que esos párrafos solo se referían a los monarcas japoneses, por lo que no tenía aplicación para el caso de Tsuda.
Obviamente, había muchas objeciones especialmente dentro del Ejecutivo sobre tal lectura del Código Penal, porque querían una interpretación que llevase a la ejecución del atacante. El jefe del Supremo insistía en lo suyo: el intento de magnicidio contra el zarévich ruso debe tratarse como normal con la pena de muerte aplicándose solo para aquellos que involucren atentados contra la vida de soberanos japoneses. Y, pese a la enorme presión, la tesis de Kojima ganó: el tribunal sentenció a Tsuda a cadena perpetua. Si bien se evitó el peor escenario en cuanto al castigo, falleció meses después de neumonía.
La historia que contamos hoy podría resumirse en unos 20 segundos de lectura. La alargamos a propósito, porque detrás de cada árida enumeración de hechos se esconden pormenores que, al fin y al cabo, deciden el curso de la historia. Y sí, al invitar al emperador japonés a bordo de su crucero, Nicolás II no sabía que años después se enfrentaría en una guerra con Meiji en plena contienda entre las grandes potencias por los tesoros asiáticos. No obstante, en aquel entonces reinaban otros espíritus, donde los cañonazos solo se daban como parte de los lujosos festejos.
Si quieren conocer más historias de este tipo, pueden escucharlas en el pódcast 'Huellas rusas', disponible en la mayoría de las plataformas correspondientes.











