América Latina es hoy escenario de disputas geopolíticas de gran calado y EE.UU. intenta afianzar a toda costa su dominio sobre la región por medio de la expulsión de rivales extrahemisféricos, el uso de medios militares en naciones estimadas hostiles y el control de todas sus esferas estratégicas, especialmente recursos naturales, infraestructura, tecnología, comunicaciones, defensa y seguridad, según consta en la recientemente publicada Estrategia de Seguridad Nacional.
En este escenario, la estancia en Argentina de Peter Thiel, fundador de Palantir Technologics, una compañía cuestionada por proveer a distintos gobiernos –incluido el estadounidense– de plataformas de inteligencia artificial para labores de espionaje y uso militar, no puede interpretarse exclusivamente como un guiño ideológico hacia la administración del presidente Javier Milei, con quien comparte posturas propias del ultraliberalismo.
De acuerdo con la reconstrucción que hiciera el periodista Diego Bastarrica, la visita se extendió por varias semanas. En ese lapso, el polémico tecnopropietario sostuvo reuniones secretas de alto nivel en la Casa Rosada (sede del Gobierno argentino) –en una de ellas participaron Milei y el canciller, Pablo Quirno–, con asesores y con personal de la Cancillería. Los temas abordados incluirían inversiones, cooperación tecnológica, acuerdos de datos y posicionamiento geopolítico.

Asimismo, distintas fuentes reportaron que Thiel compró en una zona exclusiva de Buenos Aires una lujosa propiedad valorada en 12 millones de dólares, lo que en decir de Bastarrica fue interpretado por analistas locales como "una señal de que […] quiere tener un pie permanente en un país que busca reposicionarse como receptor de inversiones tecnológicas y nodo geopolítico en la región".
Por otro lado, la eventual llegada de Palantir a ese país coincide con una reforma de los organismos de inteligencia del Estado argentino, iniciada el pasado enero. Los críticos han expresado preocupación de que esa expansión a Latinoamérica se traduzca en mayor riesgo de vigilancia masiva y en pérdida de soberanía digital.
Tecnopolítica supremacista
Aunque podría quedarse en anécdota, el paso de Peter Thiel por Suramérica deviene en síntoma de una reconfiguración de las relaciones de poder entre los Estados y de estos con los ciudadanos, que avanza insidiosa y parece haber llegado para quedarse.
Para personajes como Thiel, asuntos como la cibervigilancia, la compilación de datos para entrenar modelos de inteligencia artificial con fines bélicos, la militarización como necesidad, el supremacismo cultural de Occidente –de EE.UU. y sus aliados– y el denuesto de la democracia en favor de una plutocracia tecnológica, son la demostración más elocuente del ejercicio pleno de la libertad, socavada actualmente, a su decir, por la acción injerencista de los Estados.

La lista anterior hace parte de las 22 tesis sobre el futuro de EE.UU. y Occidente, publicadas recientemente en las redes sociales de Palantir a partir de lo desarrollado por su director ejecutivo, Alex Karp, y el asesor jurídico de la compañía, Nicholas Zamiska, en el libro 'La república tecnológica: poder duro, creencias blandas y el futuro de Occidente'.
"Palantir no es solo una empresa, sino un proyecto político dispuesto a demoler las democracias y a instalar sistemas autoritarios en todo el mundo […]. No es una red social, sino una empresa que vende sus servicios a los Estados y a las empresas. A través de Palantir se atesoran millones y millones de datos que sirven a las agencias de seguridad, de espionaje, de interior, etc., para seleccionar sus objetivos por medio de perfilamientos", advirtió el periodista español Pablo Elorduy, tras divulgarse el polémico documento.
Se trata de un programa tecnopolítico que ha sido impulsado y defendido, además, con intensidades variables, por líderes de la derecha latinoamericana como Milei, el ecuatoriano Daniel Noboa o el salvadoreño Nayib Bukele, especialmente en cuanto al uso de la tecnología para combatir el crimen organizado, sancionar a los delincuentes y controlar los flujos migratorios irregulares.
Tales promesas han encontrado eco en la ciudadanía, que no parece todavía haber reparado en las consecuencias que supondría delegar decisiones que afectan la vida de millones de personas en un puñado de tecnomillonarios de Silicon Valley, estrechamente vinculados con el Gobierno estadounidense.
Asociaciones para la muerte
Conviene recordar que el primer punto del 'Manifiesto Palantir', como fue bautizado el compendio de tesis derivadas del trabajo de Kierp y Zamiska, estipula que "Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su auge" y que "la élite de la ingeniería de Silicon Valley tiene la obligación de participar en la defensa de la nación [EE.UU.]".
El contenido podría sugerir que se trata de una aspiración que encontraría en la Administración Trump –y, por extensión, en sus aliados hemisféricos– socios bien dispuestos para suscribir ventajosos contratos con las élites tecnocráticas estadounidenses. Sin embargo, desde su nacimiento en 2003, Palantir ha estado estrechamente vinculada al Gobierno de su país.

"La primera piedra de la empresa la puso la agencia de inteligencia estadounidense CIA a través de su fondo de inversión In-Q-Tel. La CIA seguía el instinto de Peter Thiel y Alex Karp, fundadores de Palantir, quienes detectaron que los ataques del 11 de septiembre de 2001 podían haberse anticipado con una infraestructura capaz de presentar de manera simple y operativa los datos que ya estaban en las bases de las principales agencias de inteligencia del país", refiere un reportaje de los periodistas Pablo Elorduy y Patricia Reguero Ríos para El Salto.
En un lapso relativamente breve, sus operaciones se extendieron a los departamentos de Seguridad Nacional y Defensa de EE.UU., al Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE), así como a terceros países. Una lista no exhaustiva incluye a Israel, España, Francia y el Reino Unido. Por su vinculación con el sector defensa y la protección de datos por motivos de seguridad nacional, consagrado en las legislaciones locales, no está claro el nivel de implicación de la compañía en las acciones de esos gobiernos.
No obstante, organizaciones como Amnistía Internacional han sindicado a Washington de usar la tecnología de Palantir para vigilar a migrantes y activistas partidarios de la causa palestina. La compañía también ha sido señalada por proporcionarle a Tel Aviv herramientas de IA para bombardear Gaza, en actuaciones que han sido calificadas por expertos, activistas y gobiernos como "crímenes de guerra" y "genocidio" contra la población palestina.

Los efectos concretos de esta tanatopolítica –unas poblaciones deben morir para que otras puedan vivir– superan con creces la idea de que se trata de una tecnología neutra, regulable a partir de preceptos éticos compartidos por la mayoría de la gente desde un sentido común que, no obstante, no se compadece con los principios de la democracia liberal.
A este respecto, la politóloga y periodista española Irene Zugasti apunta: "Ya no se trata solo de ayudar a agencias o a empresas, sino de convertirse en el sistema operativo del propio Estado. La vida entera de millones de personas –la nuestra, la suya– convertida en millones de datos procesables por una empresa privada. Quieren gobernar sin presentarse a las elecciones".
Lucrar con la guerra
La advertencia de Zugasti se despoja de cualquier posible exageración, si se interpreta al calor de la creciente participación de Palantir en la ejecución de acciones militares de la Casa Blanca.
Según datos oficiales referidos por Kierp en febrero pasado, en 2025 Palantir recibió 570 millones de dólares a través de contratos suscritos con el Gobierno de EE.UU. –66 % más que el año anterior–, mientras que sus ventas totales alcanzaron los 1.400 millones de dólares. De su parte, Thiel proyectó que en 2026 Palantir generará ingresos superiores a 7.000 millones de dólares por contratos públicos y herramientas de inteligencia artificial de uso militar y corporativo.
A contrapelo de lo afirmado por Kierp en febrero de 2026, Elorduy y Reguero Ríos aseguraron que "sumando los contratos obtenidos del Departamento de Seguridad Nacional, el Departamento de Defensa y el Pentágono, la compañía obtuvo 1.855 millones de dólares de ingresos procedentes del Gobierno estadounidense en 2025".

A ello añadieron que "el 55 % de los ingresos de Palantir depende de esos contratos, lo que da muestra de la imbricación de la actual administración Trump, sus políticas del shock y la posición monopolística que está ocupando la compañía de Thiel y Karp en el actual proceso de acumulación militarizada".
En concordancia con esa puntualización, solo en el primer trimestre del año en curso, las ganancias netas de Palantir a nivel global alcanzaron 871 millones de dólares, cifra lograda en buena medida gracias a la guerra lanzada por EE.UU. e Israel contra Irán, donde esa tecnológica ha desempeñado un rol clave en las operaciones bélicas, mediante contratos con el Pentágono.
En adenda, The Wall Street Journal reportó que EE.UU. usó el modelo de inteligencia artificial Claude, de Anthropic, durante la agresión militar contra Venezuela del pasado 3 de enero. La madeja conduce a Palantir, dada la existencia de una asociación entre las dos compañías y al hecho de que es solo la empresa de Peter Thiel la que tiene un contrato con el Departamento de Guerra estadounidense.
Así las cosas, el objetivo de Palantir –y de otras grandes tecnológicas– sería afianzar y ampliar sus mercados en esas áreas estratégicas, particularmente en aquellos países con los que Washington ha ampliado o suscrito acuerdos de defensa y de cooperación en la lucha contra el delito, que bajo la lógica de la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre pasado, condiciona su éxito a la participación de fuerzas militares.
Es pronto para extraer conclusiones, pero las actuales circunstancias de la región, donde Washington ha logrado, por afinidad y por la fuerza, alineamientos no vistos en casi tres décadas, están dadas las condiciones para que Silicon Valley se implique directamente en la gestión de datos públicos en áreas críticas como la seguridad y defensa. De momento, la Argentina de Javier Milei se vislumbra como vía regia para esa nueva forma de sujeción a los intereses estadounidenses.








